-Mamá, del clóset del baño salió una señora.
Lo primero que piensa la mujer, alarmada, es que hay ladrones en su casa. Estando a punto de tomar el teléfono, su hijita le indica: -Se asomó por la puerta, volteó hacia los dos lados y luego desapareció.
-¿Desapareció? Dime, ¿por dónde se salió? Ahorita mismo le marco a la patrulla para que se la lleven al MP…
-No mami, te digo que desapareció. Como si… como que se borró.- Y con tono de seriedad y sabiduría infantil, añadió: -Yo digo que era un fantasma.
-Ay, pero cómo eres ingenua mi niña, los fantasmas no existen- declara la madre con un claro tono de miedo en la voz. -Qué buena imaginación tienen los niños.
Si miras bien, la piel de los brazos de la mujer está completamente erizada y sus pupilas se han dilatado. Sin embargo se contenta con decirle a la niña que vaya “a ver la tele o algo”. Y en cuanto la pequeña se ha ido con una mueca de duda, la madre asoma la cabeza a la puerta del baño, clavando la mirada en las puertas del clóset.
La idea de los ladrones le llegó primero porque antes de la declaración de su hija, la mujer había escuchado ruidos en el piso superior. Por eso subió las escaleras, con curiosidad y un poco de alteración, y fue entonces cuando encontró a su hija saliendo del baño, con los ojitos muy abiertos, diciendo que del armario había salido un fantasma.
La madre cierra los ojos, respira profundo cinco veces y cuando nota que el temblor de sus manos ha desaparecido y su ritmo cardiaco se ha normalizado, baja con rumbo a la cocina, obedeciendo al repentino antojo de cafeína que se le ha hecho presente. “Uno, dos, tres –cuenta mentalmente los escalones por fuerza de la costumbre- once, doce, trece… ¿trece?”. Se detiene en el último escalón, nunca ha entendido por qué algunas veces cuenta doce y otras cuenta trece escalones.
Se siente mareada y recuerda que necesita café, con dos cucharaditas de azúcar y un poco de leche, así que continúa caminando hacia la cocina. Tal vez el café me quite también el frío, –piensa.
El interruptor de la luz falla la primera vez que lo presiona, siente un escalofrío recorrer su espalda. La luz llega después de un par de interminables segundos, la madre llena su taza y calienta el café muy poco cargado en el horno de microondas. Lo detiene antes de que termine el tiempo, y con dedos temblorosos toma la taza y se bebe el contenido de un golpe con los ojos cerrados.
Sube de nuevo al baño y abre el clóset, que tiene el tamaño suficiente para que se adentre un par de pasos en él. Lo hace, revisando, con la respiración entrecortada, los rincones y las secciones detrás de la ropa. Una vez que se ha cerciorado de que no hay nada extraño, respira tranquila y sale, cerrando la puerta a sus espaldas. Se detiene en el pasillo, volteando hacia ambos lados.
Lo último que la madre ve, antes de desvanecerse, es a una niña pequeña con el miedo dibujado en el rostro. Después la escuchó decir: “Mamá, del clóset del baño salió una señora. “
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